Y entonces la oyó. Inconfundible como un trueno en el fondo de los oídos. La voz de Dios nuestro Señor, que le decía, «Huye de mí, maldita». [...] «Entra en el fuego del infierno, que lo han preparado el demonio y sus ministros. Adéntrate en las tinieblas con la serpiente que no descansa». Y, mientras subían montañas de estiércol y de fuego y bajaban valles de brasas donde el viento bramaba y los árboles rechinaban cargados de urracas y cuervos, la voz incesante la fustigaba, «Yo te cincelé y tú te hiciste sierva de otro». «Aléjate de mí, endemoniada, que yo te di oídos y tú escuchaste a otro». «Te di boca y confabulaste con otro». «Te di ojos y miraste las tinieblas».
Esta lectura es una perversa, divertida, grotesca. Cuenta la historia de una genealogía de mujeres que pasa su vida en una masía en la montaña, el Mas Clavell, maldita desde que Joana, la primera mujer que llegó allí, hizo un pacto con el Diablo para que le encontrara un «hombre entero». Desde entonces toda su descendencia carece de algo: su hija Margarida tiene solo tres cuartos de corazón, a su hija Blanca le falta la lengua y no puede hablar, y así cada hija, cada nieta, cada sobrina. Los hombres mueren, las mujeres se quedan atrapadas en esa casa, eternamente, sus fantasmas pasean con libertad, riéndose de las que aún quedan vivas y preparando la celebración de su muerte.
Es una novela que mezcla el folclore catalán con la religión, la depravación y los deseos instintivos de las mujeres, la vida rutinaria desde la época del medievo hasta la modernidad en una masía de montaña, donde las personas podían estar aisladas mucho tiempo, viviendo de las cabras y los animales, poco más. Se habla de saqueadores de caminos, de emboscadas de la Guerra Civil, de los maquis, de todo tipo de persona que corre la suerte de presentarse en la masía y relacionarse con aquellas mujeres, madres, hijas, hermanas.
La constante de esta novela es la religión: cómo los personajes sucumben al pecado y pactan con el Diablo para salirse con la suya sin ningún tipo de vergüenza, se dejan llevar por sus deseos. De alguna manera, en aquel lugar apartado del mundo, ¿no han sido abandonadas por Dios? No es lo que piensa, Margarida, desde luego, la única de las mujeres que intenta revertir el daño que ha hecho su familia, que cree fervientemente en Dios y procura gritar al demonio (que ronda siempre por los jardines de la masía en forma de toro negro, de cabra, de gato lisonjero, de hombre feo) que marche para siempre y no se le ocurra entrar de nuevo en la casa. Hasta que, presa de los celos más primitivos, sucumbe también a su información.
Las mujeres aparecen como fantasmas, todas a la vez, se siguen las unas a las otras, acatan las órdenes de Joana, la matriarca, mientras ésta les cuenta historias burdas y soeces para entretenerlas, para hacerlas reír. Sin embargo, no es hasta que se avanza en la narración de la historia que una logra ubicar la posición de cada una de ellas en el árbol genealógico. Todas tienen una historia, una característica que las hace únicas: Blanca y Elisabet, y su perversidad silenciosa; Dolça y todos sus novios; Àngela y su carencia de dolor físico; Margarida y su vergüenza, su devoción inútil; Bernadeta, la única que no es un fantasma y que sigue viva, y su maldad, la capacidad que tiene para adivinar la muerte de las personas.
Me fascina la manera en que la autora mezcla el presente y el pasado, personajes vivos y muertos, sin ninguna clase de barrera, tan solo a través de las palabras. No me he sentido perdida al leer en ningún momento. La novela tiene una melodía en la que se entra poco a poco, en seguida se entiende la estructura, muy original. Transcurre durante un solo día, y cada mujer tiene su momento de gloria en el que se explica su historia. Recuerdo leer escenas del fantasma de Dolça, tan tierna y olvidadiza, siempre con la cabeza en las nubes, recordando a todos sus novios, y desear ubicarla, saber de quién era hija, cómo murió, qué le pasó. Y el momento llegó, porque siempre llega, Irene Solà no da puntada sin hilo y todo queda trenzado y bien atado.
Es una historia que se siente como un aquelarre vil, podrido, magnífico, y sin embargo, muy divertido.
Y Blanca pensó que cuando Margarida había dicho que en casa nunca volverían a entrar ni ladrones, ni arrieros, ni hombres del virrey, ni bandidos, ni mozos [...], no había dicho nada de no dejar entrar a garduñas, ni mujeres sucias, ni ginetas, ni comadrejas, ni rameras, ni busconas, ni sentinas de vicio, ni puertas por las que se cuela el demonio en los hombres y los convierte en grandes pecadores. Y por eso [...] cuando Blanca vio a Elisabet en la era como un animalillo extraviado en medio de la niebla, la agarró de la mano y la metió en casa. Tenía los dedos helados, y el vientre más protuberante y grueso que el que cargaba ella misma. Parecían un espejo. Y desde aquel día, Blanca y Elisabet se habían querido. De todas las maneras en que se podía querer. Como dos corzos. Con delicadeza. Como las gallinas. Encogidas. Como los patos, con fuerza bruta. Como las cabras, impacientes. Como las liebres, juguetonas. Como los perros, sedientas. Como las moscas, disimuladas. Como los gatos, despiadadas. Como las raposas coquetas. Como los cerdos, como si hiciera siglos que retozaran.