Género: contemporánea, romántica
Temas: amistad, poliamor, fidelidad e infidelidad, autoestima
Tenía pendiente leer a Sally Rooney desde hace un tiempo. Durante una temporada, sus novelas me perseguían por todos los escaparates tanto de librerías como de estancos, supermercados o estaciones de tren. Su expansión a tantos niveles y su capacidad para llegar a tantos públicos me generaba curiosidad. Más tarde me empezaron a saltar en redes sociales pequeños montajes y fotogramas de la miniserie Normal People con frases y escenas que me transportaban a un lugar cálido: estaba llegando el momento, me apetecía adentrarme por fin en una historia contemporánea que me sacara de mi realidad para meterme en otra, tal vez una más amable y donde los sentimientos cobraran el protagonismo debido.
Así fue como una amiga me recomendó empezar por su novela debut, Conversations with friends. Me llevé el libro de vacaciones para tener algo ligero y entretenido que leer, una historia secundaria para los ratos muertos, digamos. Para mi sorpresa, me vi metida de lleno en la historia y me conmovió en muchas de sus partes, hasta provocarme lágrimas. No hay nada que me guste más que una historia me emocione y me haga sentir identificada con sus personajes. Opino, también, que esta historia ha llegado a entre mis manos en el momento correcto. Esta reseña contiene spoilers.
Conversaciones entre amigos está narrado por Frances, una estudiante universitaria y poeta en ciernes. Frances está siempre acompañada de Bobbi, su exnovia y mejor amiga, con la que recitan poesía en garitos. Así es como un día conocen a una escritora y fotógrafa medianamente famosa, Melissa, y a su marido, Nick. La historia abarca este periodo de la vida de Frances, marcado por la extraña amistad con este matrimonio y toda la oleada de sentimientos que desencadenan.
En primer lugar, me gustaría hablar de Frances como protagonista de este libro. Es una chica de veintiún años, estudiante de literatura en Dublín y escritora. Se trata de una chica reservada, sobre todo en comparación con su amiga Bobbi, que es una chica risueña, bromista, polémica, guapa y que cae bien a todo el mundo. Frances la sigue y la admira en la sombra. Tiene una concepción propia muy baja, pues tiene a compararse sin querer con las personas de su entorno, a las que quiere e idealiza más de la cuenta. Tiene una familia bastante desestructurada y pobre, lo que también hace que se avergüence de sí misma cuando se relaciona con Bobbi, Melissa y Nick, que son de una clase pudiente. Todas estas circunstancias provocan que durante toda la novela se enmascare, adoptando la imagen de una chica fría, cínica y distante, que no da importancia a nada. Esta es una de las cosas que me han hecho pensar mucho: ¿Quiénes somos realmente? ¿La persona que creemos que somos, la que queremos y pretendemos ser, o la que otros perciben? Frances se siente miserable, pero rara vez muestra vulnerabilidad en público, y eso hace que nadie vea su sufrimiento, incluso que las personas piensen que es una persona prepotente y fría que no necesita ni quiere a nadie.
«Tenía la sensación de que algo en mi vida se había terminado, tal vez la imagen que tenía de mí misma como una persona normal o entera. Me di cuenta de que mi vida estaría repleta de dolor físico y mundano, y que no había nada especial en ello. Sufrir no me haría especial, y fingir no hacerlo, tampoco. Hablar de ello, o incluso escribir sobre ello, no transformaría el sufrimiento en algo útil. Nada lo haría». (Traducción propia)
El siguiente gran tema que trata la novela es el amor y la atracción, así como la capacidad para amar a varias personas al mismo tiempo. La atracción es incontrolable, una nunca sabe cómo le va a afectar una persona, en qué aspectos de su personalidad se acabará fijando, qué gestos, qué momentos compartidos se quedarán en el recuerdo sensorial. Cada vez más intentemos controlar las relaciones a través de la razón, imponemos reglas o las acotamos hasta que se ajustan a las necesidades emocionales que quisiéramos tener, como si de verdad tuviéramos algún control. El sexo es una interacción básica, animal, que no necesitaría de la razón para nada. La intimidad puede generar sentimientos de especialidad, de posesión y ternura hacia la pareja sexual, por mucho que sentimental (y racionalmente) no queramos nada de ella. Ese es el problema al que se enfrenta Frances cuando comienza a acostarse con Nick, el marido de Melissa. Aparentemente, solo es sexo, pero las emociones acaban surgiendo y la inseguridad y el miedo se apoderan de ella. Le quiere y siente su mundo caerse en pedazos cada vez que él sigue feliz con su mujer, asegurando que la ama a pesar de la infidelidad. ¿Y acaso ella no sigue amando a Bobbi? ¿No sigue siendo el amor de su vida? Si ella puede amar a dos personas, ¿por qué no lo va a hacer Nick? Por eso nunca es capaz de pedirle que deje a su mujer. ¿Qué derecho tiene? ¿Y de qué serviría, si ella tampoco quiere casarse con él? Y sin embargo, Frances siente y sus sentimientos le llevan a un estado depresivo y de inseguridad del que no sabe cómo salir sin renunciar a las personas a las que más quiere en el mundo. Amar a varias personas es perfectamente posible, pero tiene consecuencias emocionales inevitables con las que hay que saber lidiar.
«Las personas y las cosas se movían alrededor de mí, adoptando posiciones en jerarquías extrañas y participando en sistemas de los que yo no tenía ni idea y jamás la tendría; una red compleja de objetos y conceptos. Tenemos que vivir ciertas cosas antes de poder entenderlas; no siempre podemos adoptar la postura analítica». (Traducción propia)
Algo que me ha fascinado de esta novela es su crudeza. La realidad es así, cruel e indiferente. El sufrimiento no siempre sirve para aprender, a veces está ahí hasta que un buen día se diluye y deja de estar. Hasta hace poco, cada vez que pasaba por un momento triste, tendía a pensar que me serviría para algo, que me haría crecer como persona o escribir una historia catártica, o que la vida me daba tal puñetazo de tristeza porque a la vuelta de la esquina me tenía preparado algo increíblemente feliz. A medida que pasan los años, me doy cuenta de que no: la tristeza y el sufrimiento no sirven para nada, simplemente existen, igual que la felicidad, el enfado o cualquier otra emoción. Una puede esperar que la vida la resarza por el dolor pasado y que esto no llegue nunca; las personas entran y salen, la indiferencia prima, la persona que quieres que te ame nunca te amará de vuelta. Y la vida es lo que pasa mientras esperas a dejar de sufrir y volver a sentirte feliz.
«De manera gradual, la espera pasó a sentirse menos como una espera y más como lo que simplemente era la vida: las tareas que llevamos a cabo para distraernos mientras aquello que esperamos continúa sin suceder». (Traducción propia)
El final, además, me pareció adecuado a la historia: un final abierto, en el que no sabemos si la situación mejora o no, simplemente que las emociones existen y a veces, después de todo (incluso después del sufrimiento), merece la pena dejarse llevar por ellas, experimentar el amor y la vida.
No me extraña que este libro y otros de la autora hayan conquistado no solo las baldas más preciadas de librerías, sino también los puestecitos en tiendas de viaje. Entiendo las críticas positivas, así como las negativas. Es una autora con un estilo muy sincero, utiliza metáforas y ejemplos terrenales, del día a día, escenas rutinarias que, no obstante, están cargadas de intensidad; diálogos repletos de coletillas, errores o interrupciones que hacen entender al personaje tanto o más que sus palabras, como ocurre en la vida misma.