Reseña: El cielo de la selva - Elaine Vilar Madruga



Género: terror, bizarro

Temas: maternidad obligada, sacrificios, pequeña sociedad, ciclos, crueldad humana

Durante este mes de octubre, me apunté a un club de lectura en una librería. Hacía tiempo que no asistía a uno, me apetecía la reunión, la discusión, hablar de una historia y de lo que ésta provocara en un grupo variopinto de gente. Y lo cierto es que no solo me descubrieron un libro muy interesante, que era ideal para debatir, sino que el propio club fue muy bonito y agradable.

El libro se llama El cielo de la selva, y sigue la vida de una familia que vive en una hacienda en la selva, una selva caprichosa y extraña, que ofrece regalos y supervivencia a cambio de sacrificios. Así, las mujeres dan a luz niños que no serán hijos, sino comida que sacrificar a la selva con el fin de la subsistencia de los demás.

Es una historia donde no se sabe si la selva es un lugar, una cárcel o un personaje más, una Diosa que obliga a quien vive dentro a seguir ciertas reglas. Una vez cada tanto, el cielo se torna rojizo, los ánimos se alteran y la tierra se baña de sangre inocente. Una especie de metáfora a la menstruación, o al menos así lo quise entender: ese castigo mensual a las mujeres por no producir, un hijo muerto que se desliza en forma de sangre y dolor por nuestras piernas, que nos recuerda que no estamos siendo madres.

Todo comienza con la Vieja, pero cuando es joven, claro: ella es una madre que debe huir e internarse en la selva para protegerse, tanto a ella como a su hija, Santa, y a la que lleva en el vientre, que se llamará Ananda. Pronto aprenderá que la selva solo es generosa cuando tiene algo que intercambiar. Que tiene que vigilar a sus hijas con mil ojos para que la selva no se las lleve y ofrecer otros tributos para poder protegerlas de sus garras.

Entran a escena otros personajes: los forasteros que llegan y desaparecen; Romina, la prostituta que llega a la hacienda huyendo de su explotador; los niños, ese coro de voces impersonales que solo saben tener miedo, que no conocen el mundo más allá.

«Cuando peleabas con Copita por un cliente, no lo hacías por el hombre sino por el dinero, que era el único motivo digno. Los hombres te resultaban absolutamente intercambiables desde el día en que descubriste que pagaban por un coño, que se mataban a cuchillazos y a veces morían por uno».

Una crítica bizarra al sistema productivo en el que vivimos, al patriarcado, a los ciclos, a la repetición de patrones generación tras generación, sin plantearnos siquiera si es correcto o no, si hay alternativas mejores. Una explicación de la crueldad humana y a la indiferencia si no se educa en la atención, en el amor, en la ternura o la piedad. En esta historia las locas están sueltas y las cuerdas, encerradas y atadas, tratadas como animales. Y es que tal vez el problema no sea ser un animal, sino precisamente ser humano y aprovecharse del resto para sobrevivir, en lugar de cuidar o unir fuerzas, en lugar de querer.

En conclusión, un libro que no deja indiferente: te revuelve o te encanta, o ambas.

Por otro lado, la narración es una delicia. La manera en que la autora describe la vida, los diálogos, entremezcla los recuerdos del pasado con los hechos del presente, en cada capítulo siguiendo a un personaje, me parece de una maestría brutal. Los capítulos comienzan con la última frase del anterior, dando la sensación a la lectora de estar encerrada en un bucle, en una selva sin salida, precisamente. La elección del tipo de narrador para cada personaje también es muy curiosa, pues no se narra entero en tercera persona, sino que:

  • La Vieja narra en primera persona. Tal vez porque asume la culpa, se excusa, cuenta su historia, de la que se adueña. «No es la primera vez que me estalla el corazón en la selva. Lázaro intenta cargarme, pero carajo, los huesos viejos pesan, así que le susurro que no, que me deje en la tierra a ver si el corazón se me organiza, si se unen los trocitos en el pecho o se me parten de una vez»).
  • Ananda y Romina se narran en segunda persona. Son las más vulnerables, las locas, las señaladas, las que otros intentan dominar a la fuerza, así que incluso eso se marca en el habla, en la violencia de la segunda persona. «—Yo que sé —le gritaste en la cara. No te dio tiempo a decirle que nunca habías escuchado ese nombre. Al menos no lo recordabas»).
  • Los niños narran en primera persona del plural. Son una masa impersonal, no sabemos apenas los nombres de algunos, se mueven como un rebaño y narran como un rebaño. («Desde las camas intentamos contener la respiración para que la abuela no fuera capaz de notar que tenía razón, que los cabrones estábamos despiertos y escuchando»).
  • Santa, Lázaro, Ifigenia, son narrados en tercera persona. Tal vez porque son personajes pasivos, la vida los atraviesa, las decisiones las tomaron otros por ellos, lo cual no significa que no tengan rabia, que no guarden rencor. Sin embargo, a diferencia de la Vieja, tampoco hacen un ejercicio de autocrítica. «¿Por qué las gallinas no huyen? ¿Por qué no tiran para la selva en vez de entregarse? En la hacienda se escuchan las primeras voces. Ifigenia no les presta atención. Teme la idea de la muerte, pero la busca»).

Un tema que salió en la reunión del club, pero del que yo no me había percatado, fue la simbología de los nombres: todos nombres cristianos o mitológicos que, de alguna manera, dictan el destino del personaje.

No quiero contar mucho más, porque es un libro que sorprende cuanto menos se sabe de él, y que deja mucho espacio libre a la interpretación.

Un abrazo gigante,

Laura 🍃


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