Una tarde común en los veintilargos es salir del trabajo tarde, pasear bajando Alcalá, por ejemplo. Caminar sin rumbo es la forma más pura de meditar, incluso esquivando paraguas y baldosas levantadas y un cubo de basura y grupos de fumadores a la salida de un bar. Después de la lluvia, las calles brillan mucho más, como unos ojos justo después de haber llorado. Qué alivio haber llorado y sentir la calma en el pecho; qué alivio ver las calles en su sitio después de una tormenta. Me paro al borde de la carretera frente a un paso de cebra, primera línea de cinco, así son los pasos en Madrid, como un concierto. Un autobús pasa a escasos centímetros, el vuelo de mi gabardina negra sale detrás y luego vuelve a mí, a casa. La ciudad es un puzle en el que todos encajamos ocupando el espacio justo, nuestras fronteras invisibles se rozan, juegan, se tantean, pero permanecen cada una en su lugar. Ahora estoy atrapada durante cuarenta segundos entre la muchedumbre y el tráfico, ni un paso adelante ni un paso atrás.
Lanzo la mirada al cielo, como hago cada vez que el asfalto me atrapa, la lanzo y alza el vuelo, alto, como un pájaro, y se posa en lo alto de la farola, en una fachada curiosa, en la línea que separa un edificio de las nubes. Lanzo la mirada y, al lanzarla, me lanzo a mí misma, allí, arriba. Ya no sé qué día es hoy ni qué momento de mi vida es este, porque podría ser cualquiera. Tengo nueve años y espero a cruzar el paso de cebra, mi madre me da la mano y yo lanzo la mirada, la lanzo al cielo y, como un pájaro, sale volando. Imagino cómo será el día en el que camine por la calle sola, sin que nadie me agarre la mano, sintiéndome una chica mayor y estilosa y guapa y lista. O bien tengo el cabello gris, las manos suaves surcadas de arroyuelos y arrugas, un abrigo diferente, como de paño, el corazón no tan revuelto, la seguridad en su sitio, donde costó tanto colocarla, y lanzo la mirada al cielo y según vuela, me pregunto cómo es posible arrastrar las mismas manías durante toda una vida.
Lanzo la mirada y en aquel pedazo de cielo encuentro el lugar común en el que van a refugiarse todas las versiones de mí misma, allí donde se juntan y se miran, se estudian, se hablan. Debe de ser el bug de mi vida, ese pedazo de cielo recortado contra los edificios justo en los escasos segundos que tarda un semáforo en cambiar de rojo a verde, un lugar donde no puedo permanecer por mucho tiempo. El semáforo cambia y la muchedumbre me lleva consigo, me obliga a bajar la mirada, el asfalto me vuelve a atrapar, la música que suena en mis oídos tiene otra vez fecha. Pierdo a la niña y a su madre; dejo atrás a la anciana. Me convenzo de que tengo veintilargos, de que me he quedado con la versión correcta, luego continúo caminando.




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