Así que aquí estoy, cabeza abajo dentro de una mujer. Aguardo con los brazos pacientemente cruzados, aguardo y me pregunto dentro de quién estoy, qué hago aquí.
Así comienza Cáscara de nuez, una novela narrada por un feto a punto de nacer. Desde la tripa, no puede evitar ser testigo de un malévolo plan: su madre y su tío, que tienen una relación adúltera, pretenden asesinar a su padre para quitárselo de en medio y heredar la casa en la que ahora viven.
Lo cierto es que no pude parar de sonreír a medida que leía esta historia: el narrador, para no haber nacido, reúne una gran cantidad de conocimiento y se dirige a nosotros con el tono digno de un caballero (y es que, según él, su madre se deja puestos tantos podcast y noticiarios, que cada vez se hace una mejor idea del mundo al que va a llegar). En otras cuestiones, sin embargo, es tan inocente como solo puede serlo una persona que aún no ha nacido.
Cuando oigo “azul”, cosa que nunca he visto, imagino una especie de suceso mental que se acerca mucho a “verde”, cosa que tampoco he visto nunca. Me considero inocente, exonerado de lealtades y obligaciones, un espíritu libre, a pesar de mi exiguo habitáculo. No hay nadie que me contradiga ni me reprenda, no hay nombre o dirección anterior, no hay religión, ni deudas ni enemigos. En mi agenda, si existiera, sólo figura mi próximo nacimiento.
En esta novela tan inteligente, McEwan expone una visión del mundo contemporáneo desde la perspectiva de una personita de la generación futura que va a llegar a habitarlo: critica las políticas internacionales, los continuos conflictos armados, la aceleración del cambio climático y sus consecuencias. Así, nuestro narrador valora a qué mundo va a llegar y si le merece la pena, estudia los países en los que le gustaría nacer por orden de prioridad, concluye que Inglaterra no está mal (tampoco es su favorito, según la información que tiene). También trata el amor, las relaciones humanas, los instintos, el futuro que depara a cada persona según las decisiones que toma, la razón versus el instinto, el miedo. Nuestro narrador parece ser la única persona con dos dedos de frente en pleno plan de asesinato, aunque el amor a la madre a la que está conectado a veces le nubla la mente. Cuando ella bebe alcohol, éste también se emborracha y se explaya en reflexiones y miedos, imagina su futuro, se ofende ante la falta de consideración de sus progenitores por su existencia inminente.
En conclusión, una trama de asesinato de lo más absurda, en la que una no puede parar de reírse al mismo tiempo que reflexionar sobre lo humano, la responsabilidad y la locura de mundo en la que vivimos.
Los enamorados llegan a sus primeros besos con tantas cicatrices como anhelos. No siempre buscan beneficios. Algunos necesitan un refugio, otros solo quieren la hiperrealidad del éxtasis, por lo cual dirán mentiras vergonzosas o harán sacrificios irracionales. Pero rara vez se preguntan a sí mismos qué necesitan o qué desean. Es débil el recuerdo de fracasos anteriores. [...] Los amantes no saben que no existe el libre albedrío. No he oído suficientes radionovelas para saber algo más, aunque las canciones pop me han enseñado que en diciembre no sienten lo mismo que en mayo, y que tener útero puede ser incomprensible para quienes no lo tienen, y que lo contrario también es verdad.
Si tienes oportunidad de leerla, te recomiendo que lo hagas. Es una novela corta, de capítulos amenos y rápidos de leer, con excepción de alguna reflexión intrauterina.
Un abrazo,
Laura





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